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LEYENDAS PARAGUAYAS
LAS LEYENDAS
Son relatos de hechos acontecidos a los que la imaginación popular les va agregando detalles para magnificarlos. Pueden surgir también de la fantasía, pero que con el correr del tiempo adquieren características de aparente verdad.
Muchas leyendas de nuestro país están estrechamente vinculadas a lo religioso cristiano.

EL LAGO YPACARAÍ
En el valle de lo que hoy es Ypacaraí -entre Areguá y Pirayú-, había un ykua yvu -fuente- conocido como Tapaikua, que había recibido su nombre del cacique local que se llamaba también de ese modo.
Como los moradores de ese lugar habían cometido excesos que disgustaron a los dioses que les enviaron tanta agua, cubriendo la superficie del entorno, las aldeas de Tapaikua y Arekaja quedaron sumergidas.
Aparece entonces el misionero franciscano Fray Luis de Bolaños, quien con sus oraciones frena la incontenible inundación. Las aguas se calman y quedan conformando lo que hoy se conoce como lago Ypacaraí.
LA VIRGEN DE CAACUPÉ
Un tallador de imágenes, el indio José, vivía en el poblado franciscano de Tobat?. Un día se fue al monte buscar madera para sus esculturas cuando, de pronto, oyó que indígenas enemigos se aproximaban a él.
Sabiendo que los perseguidores no le iban a perdonar la vida, corrió velozmente. Cuando ya estaba a punto de ser alcanzado, se escondió detrás de un árbol. Temblando de miedo, se encomendó a la Virgen María y le prometió que si le sacaba airoso de ese trance difícil moldearía su imagen en la madera del árbol que lo protegía momentáneamente.
Los que tenían sed de sangre tuvieron que irse con las manos sin mancha porque, a pesar de buscar una y otra vez por todas partes, no encontraron al indio, que se había hecho invisible.
José, agradecido, al retornar a su comunidad, cumplió su promesa. Cortó y transportó el añoso tronco salvador. Sacó un pedazo, trabajando con paciencia y cariño durante varios días. Esculpió dos imágenes de la Inmaculada Concepción. La mayor quedó en la capilla de Tobat? y la menor fue venerada en el poblado de Caacupé, cercano al lugar.
Además de esta versión popular, Dionisio González Torres, en su obra ya citada, recoge otra. Cuenta que luego de que Fray Luis de Bolaños parara milagrosamente las aguas desbordadas en el valle de Tapaikua y Arekaja, el indio José -carpintero, de Atyrá- encontró una hermosa caja flotando sobre las aguas. La retiró y abrió, hallando la imagen de la Virgen.
El carpintero, algún tiempo después, se mudó con su familia y sus colaboradores en un lugar que se conocería como Tupãsy Ykua, el Pozo de la Virgen. Allí el indígena levantó un oratorio. Con el correr de los años, ese lugar se convirtió en centro de peregrinación.
Cuando los dueños de la imagen fallecieron, luego de pasar por varios lugares, la talla fue traída hasta la comunidad de Caacupé, donde actualmente está erigida la Basílica en su honor.
YKUA BOLAÑOS
Fray Luis de Bolaños fue un celoso e incansable misionero franciscano que recorrió buena parte del país enseñando la doctrina cristiana. En su afán de comunicarse más directamente con los nativos aprendió el guaraní, escribiendo incluso en este idioma un catecismo que se conoce hasta hoy. Es el fundador de las doctrinas de Caazapá y Yuty que hoy son pueblos con esos mismos nombres.
Cuenta la leyenda que por aquellos días -nos referimos a finales del siglo XVI-, los moradores de esa zona estaban desesperados por la sequía. Fue como si el Dios cristiano que ellos predicaban se hubiera olvidado de esa parte de la Tierra. Los líderes indígenas locales, catequizados por Bolaños y sus compañeros, exigieron al sacerdote que consiguiera agua como fuese, porque estaban a punto de morir de sed todos los lugareños. Si no cumplía con esta petición, iba a ser muerto a tiros de arco.
Fray Luis de Bolaños, adoptando una actitud piadosa, como conversando con Dios, rezó y pidió a los indígenas que removieran una piedra. Al hacerlo, el agua milagrosa brotó para alegría de todos. Desde entonces ese lugar, que se conserva hasta hoy en Caazapá e incluso lleva el nombre de un festival folklórico, es conocido como Ykua Bolaños.
SAN BLAS
Ruy Díaz de Guzmán, en su libro "La Argentina", relata que el 3 de febrero de 1538, poco tiempo después de que los españoles hubiesen puesto sus pies por primera vez en lo que se conocería como Paraguay, se libró una batalla en el Fuerte Corpus Christi, al que también se denominaba Buena Esperanza.
Los españoles estaban rodeados por nativos de las parcialidades Timbu y Karakara que querían cobrarles cuentas a quienes habían cometido atropellos contra sus poblaciones.
Como no tenían alternativas, los soldados optaron por librar una batalla decisiva contra sus enemigos. Cuando la derrota era inminente, apareció de lo alto un luminoso caballero con una espada de fuego en la mano. Los indígenas, asustados, tiraron sus armas y huyeron del lugar. De ese modo, los españoles obtuvieron una victoria que ya no imaginaban.
Como fue en el día de San Blas, los alborozados combatientes le atribuyeron el milagro. Desde ese momento, además, se le concedió el título de Patrono del Paraguay, que conserva hasta hoy.
PA'I SUME O SANTO TOMAS
Esta es una leyenda donde se entremezclan los elementos indígenas con los españoles de la catequización. Por eso es hoy difícil encontrar las huellas incontaminadas del relato. Nos limitaremos, por lo tanto, a recoger lo que la tradición oral logró hacer llegar hasta nuestros días.
En la relación de los mitos que hace Rosicrán -ya citado-, aparece Tume Arandu como uno de los hijos de Rupav? y Sypav?, los padres originarios de los indígenas. González Torres afirma que la leyenda era anterior al arribo de los españoles a estas tierras. "Antes de la llegada de éstos, anduvo por América un hombre alto, de grande barba blanca, sabio extraordinario, llamado Sume o Tume (Avare Sume Marangatu), que vino a enseñar a los indios el arte de la agricultura, a sembrar el maíz y la mandioca y otros productos y las virtudes y uso de la yerba mate; terminada su misión se volvió al mar, dejando rastros de sus pisadas en varias partes (y que diversos autores han creído encontrar por todo el litoral y el interior del continente) en las rocas. En nuestro país se ha pretendido ver rastros de pisadas de Santo Tomás (Santo Tomé pypore) en diversos cerros: Tacumbú (Asunción), Santo Tomás (Paraguay), Cristo Rey (Caacupé), Yaguarón, etc.", agrega ese autor.
Los catequizadores, al enterarse de su existencia, convirtieron al héroe cultural -que llegó a la Tierra enviado por los dioses para enseñar la agricultura, el uso de las plantas medicinales, la fabricación de utensilios diversos y conceptos prácticos de la vida- en Santo Tomás, alegando que en tiempos remotos él ya había estado en América predicando el Evangelio.
LOS HERMANOS TUPI Y GUARANI
El padre José Guevara, en su libro Historia del Paraguay, Río de la Plata, Tucumán y Buenos Aires publicado en Buenos Aires en 1836, cuenta el origen de los pueblos Guaraní y Tupi.
El relato menciona que ellos eran dos hermanos que se establecieron, cada uno con su familia, en el Brasil. Con el tiempo, al ser numerosos, se establecieron en tavas, pueblos.
La armonía, sin embargo, se rompió debido a que las esposas de los dos hermanos pelearon a causa de un loro charlatán. De ahí en más, uno y otro bando disputaron buscando la hegemonía.
Viendo que vivían en peleas constantes y tomando en cuenta las consecuencias nefastas de esta lucha para ambos, Tupi y Guaraní dialogaron y arribaron a un acuerdo. Tupi se quedaría en los territorios inicialmente ocupados, en el Brasil, mientras que Guaraní bajaría más al sur para establecerse. De esta manera ocuparon parte de los países que hoy son conocidos como Paraguay, Argentina, Bolivia y Uruguay. Divididos en varias etnias, se caracterizan por pertenecer a la familia lingüística, la guaraní.
KA' I
Unos niños traviesos, un día, subidos a la planta de un guavira, comían sus frutos. Llegaron en ese momento, montados sobre un burrito, una mujer y un niño.
-Les ruego que me inviten con unas cuantas frutas porque mi hijo tiene hambre -les pidió la mujer.
Los chicos no les hicieron caso. Entonces ella, que había sido era la Virgen María y el niño era Jesús, les maldijo. Fue así como se convirtieron en monos y están condenados a vivir para siempre saltando de rama en rama.
CHAVUKU
Chavuku era un indígena bello e irreverente, según la narración anotada por Moisés Bertoni. No respetaba las costumbres que practicaban los de su comunidad. Se reía de ellos. Se sentía orgulloso de su actitud.
Un día, tras rechazar la mano fraterna de un hombre de su tribu, lo asesinó. Después hizo huir en el monte al tapir.
Todos corrían de su lado. Le tenían miedo porque era terrible. Vivía de la caza.
Solitario, recorría los asentamientos de los demás indígenas sin que nadie le hiciese caso debido a su carácter violento. Peregrinando sin rumbo definido, llegó a la casa de un anciano que le ofreció el maíz que sus hijos estaban trayendo de la chacra cercana. Le dijo que él no quería ese alimento, matándolo sin mediar más palabras.
Al rato, los hijos volvieron, encontraron a su padre muerto, persiguieron al que derramó su sangre y cobraron venganza.
Al llegar al cielo, Dios le dijo a Chavuku que le daría la oportunidad de reivindicarse regresando a la Tierra. Volvió y todos seguían despreciándolo. Miró su reflejo en un espejo de agua y vio que se había convertido en un gato enorme. Vivió cazando, solo, sin amigos.
Ya viejo, sus hijos dejaron que se muriera de hambre.
KOROCHIRE
Es un pájaro al que se lo llama también havia, havia korochire. Félix de Azara lo llamó zorzal, según anota Carlos Gatti en su Enciclopedia guaraní-castellano de ciencias naturales y conocimientos paraguayos. Es un excelente cantor, aunque se alimenta -entre otras cosas- de lombrices y excrementos de vacas y caballos.
León Cadogan recogió esta leyenda del Korochire:
"El tajy cubierto de flores anunciaba que no habría más escarchas aquel año y que llegaba la época de la primera siembra y todo el mundo, hombres, mujeres y niños, se dedicaban entusiastas y alegres a las faenas agrícolas. Había quienes desbrozaban la maleza, otros manejaban el yvyra hakua y otros echaban, en los hoyos abiertos por éstos, maíz, kumanda tupi, semillas de kurap?p? y otras de estación. Todos trabajaban menos un mozo esbelto, quien al levantarse, ya alto el sol, había tomado el mimby y empezado a tocar, sólo interrumpiendo las bellas melodías que dedicaba a su prometida, a la hora de comer.
"Llegó la época en que el maíz se endurece -hu'a rãtã-, y las guías de los andai y jety comenzaban a tapizar el suelo de verdes alfombras. Y a fin de evitar que el ñuat?pytã y otras malas hierbas perjudicaran la futura cosecha, todo el mundo se encamina a las capueras para efectuar los trabajos de limpieza; todos menos el esbelto mozo del mimby, quien se afana en seguir arrancando a su instrumento melodiosas notas de amor.
Luego llegan los días de calor; florece el yvyrapytã y madura la fruta del guembe para que los hijos de la selva no se olviden de la segunda siembra. Todo el mundo se dedica con ahínco a preparar parcelas para el avati mitã, kumanda ñu y manduvi, a fin de que no falten alimentos durante los días fríos y lluviosos del invierno que se aproxima. Todos trabajan, menos el esbelto mozo del mimby, quien, sin preocuparle las actividades de los demás, sigue entonando melodiosos cantos dé amor a su prometida.
"Pero Tupã quiso que le diera de comer a su mujer y a sus hijos, no pudiendo por eso cantar sin trabajar. Por lo mismo, seguramente, desapareció el esbelto mozo del mimby. Y escucháronse en la selva, en las cercanías del tapý?, los melodiosos trinos de una avecilla hasta aquel entonces desconocida: es el korochire que, aun de noche, cuando despierta, entona cantos de amor.
"Este es el cuento que narró el cacique (mbya) Emeterio a un grupo de jóvenes en un atardecer de agosto, al comenzar la época de la primera siembra".
KARA?
La leyenda cuenta que un hombre, todavía joven, salió en busca de remedio para su madre gravemente enferma. Encontró en el camino una fiesta y se olvidó de su cometido. Bailó con fervor con una mujer hermosa. De pronto, alguien le dio la noticia de que su progenitora había muerto.
Sin derramar lágrimas, siguió farreando hasta que llegó el alba. Sólo allí empezó a llorar. Cuando cruzaba un estero, camino a su casa, sintió que su cuerpo se iba llenando de plumas negras hasta que se convirtió en Kara?. Hasta hoy, a orillas de los esterales, sigue llorando la muerte de quien la trajo al mundo.
Mauricio Cardozo Ocampo, en su libro Mis bodas de oro con el folklore paraguayo, memorias de un Pychá?, recoge este compuesto. Menciona sobre el mismo que Justo Pastor Benítez sostiene que pertenece a José de la Cruz Ayala, Alón, el caudillo liberal. Samuel Aguayo -cita el mismo autor- lo grabó alrededor de 1930 con la melodía de Felipa Mareco, que hoy se conoce como Colorado retã. Transcribimos su texto:
Amigos y camaradas
a todos los suelo amar
voy a contarles el suceso
del desgraciado Kará?.
Estando su madre enferma
remedio salió a buscar,
llegó a una concurrencia
y de allí no pudo pasar.
Bailaba toda la noche
con la dama más mejor
y a todos les encargaba
que no desprecie su amor.
Bailando estaba la polca,
se puso a zapatear,
cuando un amigo suyo
así le vino a hablar.
"Dispense amigo Kará?
anive rejeroky
aru ndéve la noticia
omano hague nde sy".
"No importa mi buen amigo,
el baile no he de dejar,
omanóva ja'omanóma,
hay tiempo para llorar".
Kará? continuó bailando,
vio que brillaba la aurora
y le dijo a su damita:
"Mamoitépa oime nde róga".
La dama le respondió:
"Che róga oime mombyry,
rehosérõ che visitávo
tereho ehecha nde sy".
Kará? contestó la palabra,
de todos se despidió.
Y salió de allí llorando:
"Mi madre ya falleció".
"Ma'erã piko raka'e
fárrare che akã hãtã,
anicheve ajeroky
más que ajahe'o tapia".
Kará?pe ndaipóri remedio
ocrusa mante el estero
ha upépentema omo?ma
para siempre luto entero.
Por Sebastian Villanueva Leyendas Paraguayas que contar a tus hijos Visitas:
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